domingo, 10 de mayo de 2009
Doloríada
Es un dolor que trae otros dolores, como un diálogo entre perros distantes que se contestan de una casa a otra cuando la noche empieza a caer. El alma como un barrio lleno de ladridos de dolor.
Es un dolor de oruga que teje un capullo invisible. En un descuido, la mariposa asoma por los ojos secos y revela durante un instante fugaz el secreto celosamente guardado: el agujero sin fondo de la tristeza.
Es un dolor antiguo que vuelve cada tanto, como un libro milenario que siempre se reedita con más páginas, revisado, corregido y aumentado, con un prefacio nuevo, con un fárrago adicional de insidiosas e indeseadas notas al pie.
Es un dolor que siempre está ahí, como los bichos bajo la piedra olvidada en el jardín: cuando la piedra se levanta, ellos caminan a ciegas, sin destino, negros y resbalosos, desorientados, desprotegidos, destechados de repente, en un zigzag frenético, en torpe búsqueda de una nueva oscuridad.
Es un dolor que se adormece de repente y desaparece hasta nuevo aviso, como si no dejara huellas, como si no hubiera estado nunca. Hasta nuevo aviso.
jueves, 26 de marzo de 2009
El humo y la nube
En el paisaje distraídamente misceláneo de Buenos Aires, la diagonal norte se complacía en su pareja elegancia edilicia. De repente, una de las cúpulas variopintas que coronan la línea de construcción empezó a arder como si ése fuera su sino. El humo negro quería tapar una nube, y en su pretensión de fundirse con ella hacía estallar partículas de un luminoso violeta. La belleza del enfrentamiento, lejos de ocultar el drama que se proyectaba en el cielo, ponía de relieve la incompatibilidad de ambas materias gaseosas. La nube se veía más blanca y más prístina, porque su belicoso compañero le otorgaba el beneficio de la diferencia. Esa nube era ahora única entre todas las nubes del cielo; era la nube que soportaba impávida los embates del humo, la nube hacia donde se dirigían todas las miradas de los desprevenidos peatones.
No parece ocurrir lo mismo con otras cortinas de humo. Hay mucho ciudadano de a pie que está demasiado ocupado para ver la nube. Ocupado en repetir fórmulas que se derrumban con el análisis, en ignorar contextos históricos y comparaciones empíricas, en cuidar fáciles discursos instalados para no tener que tomarse el trabajo de desandarlos, en indignarse para aventar quién sabe qué frustraciones que nada tienen que ver con el objeto de su ira. Hay mucho ciudadano de a pie que sólo tiene ojos para el humo.
viernes, 13 de marzo de 2009
Etimología de un agravio
Y no era eso no. Bueno, sí, era, pero había más. Y es que el agravio no es nada flamante. Y yo lo sabía, pero no lo había pensado tanto por ese lado, sobre todo porque en estos días lo oí también de pichoncitos todavía muy influenciables por su entorno, un entorno- mediático familiar que sigue haciendo mella en la selección o el resultado de sus lecturas y obtura la reflexión que deberían disparar sus incursiones en el mundo. Distraída por tales preocupaciones había pasado por alto que la frase es exactamente la misma que usaron antes otros como agravio, y que esos otros no eran tan otros. Que la usaron en lugares insondablemente tenebrosos adonde arrojaban a hombres y mujeres a quienes habían arrancado del mundo –el mundo donde el sol sale todos los días y a la mañana uno se prepara mate y sale a tomar el colectivo; el mundo donde uno se encuentra con amigos en un bar para tomar un café o aplaude al asador mientras se zampa un tinto– para disponer de ellos a voluntad y decirles cosas como puta montonera, picana en mano, habiéndose arrogado la extraña misión de ser guardianes de un orden de cierta clase que ellos llamaban (y por lo visto, encarnados en otros actores sociales, siguen llamando) el orden. Y me pregunto si el chiquito de rastas rubias que se siente rebelde o se piensa al comienzo de su desarrollo intelectual tiene una remota idea de cuál es el origen histórico del agravio que escribe junto al nombre Cristina, casi a modo de chiste, en su msn.
jueves, 19 de febrero de 2009
Pelotita preocupada
viernes, 6 de febrero de 2009
Pase de factura
Ella le dijo ¿En qué quedamos?, y tras esas exiguas palabritas se cernía algo así como un tango (que, como todo tango, encerraba algunas exageraciones un poco extraviadas, todas basadas en una suerte de verdad aceitosa). El tango decía –hubiera dicho– más o menos así:
Y yo quiero decirte
que ese fuego exaltado que incendiaba ciudades,
que incineraba barcos y bosques y casas;
ese fuego bendito, ese fuego del caos
que quemaba todo lo que yo tocaba,
lo metí en un cuartito,
como vos me pediste,
el cuartito del fuego,
el cuartito feliz,
adonde entro cuando tengo suerte y ganas.
Entonces, no me insistas ahora,
no preguntes por él,
no hables de ese fuego
como con nostalgia,
no me mires en busca de un ayer que no existe,
no suspires de anhelo por aquella incendiaria.
Cuando quieras, entramos al cuartito del fuego,
al cuartito feliz, con suerte o con ganas,
y después retomamos, como de costumbre,
la tan ponderada vida cotidiana.
viernes, 23 de enero de 2009
Postales habladas
Cuando yo no estoy estás y cuando te busco no te encuentro, dice él en el teléfono. Y sí, ése es nuestro sino. Sino sí sí y sino no no. Para los argonautas de la ciudad, la vida se divide en encuentro y desencuentro. Es por eso que sólo el argonauta juega al desencuentro, y es por eso que sólo el argonauta ha saboreado de veras la médula deliciosa del encuentro.
Hay tormentas apilándose sobre el río, dijo un gringo de los buenos con la poesía inigualable del que hace correr una lengua nueva sobre el cauce de su lengua nativa. Y sí, las tormentas estaban apilándose sobre el río. Y todos en ese grupo anduvimos pateando latas en los calores de enero, sin un cobre en el bolsillo pero con el oro de tenernos.
Uno era discretamente ejecutado, con un poco de vergüenza y mucha precisión, dice el Meursault de Camus con la arrasadora honestidad del que no recurre a las pequeñas hipocresías cotidianas ni siquiera para salvarse de la guillotina, porque hace rato ha comprendido que es siempre yo el que muere, ahora o dentro de veinte años.
viernes, 16 de enero de 2009
Cotidiano
La torpeza de chocarse el codo con el marco de la puerta y derramar el agua,
de dejar caer cubitos al suelo al vaciar la cubetera,
de tipiar una eñe en lugar de un acento, y escribir cosas como anñalisis de teorñias ñeticas,
de golpearse con ganas el dedito del pie contra algún mueble,
de cortarse la yema del dedo en la cocina.
La maña infinita de haber terminado por fin de traducir este bendito libro.
martes, 2 de diciembre de 2008
Desazón
Mañana será otro día, dice la sabia tradición popular.
sábado, 29 de noviembre de 2008
El estado de las cosas

viernes, 21 de noviembre de 2008
Vos
A vos sí te sale, en cambio, porque el torrente sos vos. Yo soy la piedra calcinada: cobro vida en esa inmensidad de aguas feroces que desvían el cauce cotidiano para inundarlo de sentido. Soy la estatua de sal que se convierte en Sara por darse vuelta a mirar; soy la princesa aburrida que se convierte en sapo feliz para deleitarse con ese huracán de agua fresca en pleno verano.
Te miro y creo que sí, que te inventé, pero no. Vos ya estabas hecho. Yo nunca te habría inventado tan bien. Fijate si no lo que me pasa cuando intento apenas describirte: escribo algo que sólo entiende Magoya; te comparo con un torrente cuando sé muy bien que andás por ahí escupiendo fuego; te igualo a una luna llena justo a vos que sos el sol. No es mi culpa, querido. Así me dejás vos, cada tanto, hace más de mil quinientos días.
lunes, 3 de noviembre de 2008
Vade retro, linchadores
La mujer de la tele dice, como si tal cosa, la semana estuvo llena de hechos delictivos y los hechos delictivos seguramente seguirán ocurriendo en esta semana que comienza. ¿Es una sesión espiritista? No, es un noticiero. Yo buscaba algo en el cuarto donde la pereza dominical había dejado la tele prendida, y me quedo de una pieza ante el inusitado comentario. ¿Será que no hay noticias y entonces no queda sino frotar la bola del adivino alarmista?, te preguntás. Ah, qué ingenuo sos, Bulubú. El comentario era un prólogo, e inmediatamente después viene la noticia: Salen de la cárcel nosecuántos presos, dice la mujer, y agrega, con voz ominosa y autosuficiencia ciudadana: muchos de ellos reincidentes. Que los presos salen porque cumplieron su condena no parece tener la más mínima importancia. Si la noticia es una noticia de todos los días, ¿por qué no reemplazarla por presagios apocalípticos? ¿No es nuestro trabajo, acaso? ¿Por qué, de paso, no invocar subrepticiamente a aquel notorio ingeniero Santos, o al minilinchador que se aloja en casi todo ciudadano medio? ¿No es nuestro trabajo, acaso?
Lunes
El relativo silencio del atardecer en Belgrano y Defensa se interrumpe con el frenazo, la corrida y el grito: ¡Agarralo! Mi compra de cigarrillos también se interrumpe.
¡Agarralo, agarralo! El hombre ubicuo sigue gritando a intervalos regulares. La mujer del kiosco, excitada por la repentina y prometedora novedad, hace una contorsión de Nadia Comanecci a pesar de su obesa figura y en dos pasitos está en la calle. Un clima de qué pasó se abate como rocío plomizo sobre la esquina de barrio. Cuando llego junto a la mujer del kiosco y miro la avenida, veo figuras borrosas casi al final de la cuadra. ¿Un hombre corre a otro? ¿Son más? Vaya uno a saber. La mujer del kiosco ha de ver mejor que yo, porque en ese puñado de segundos ya sabe qué pasó... y ha tomado implacable posición sobre el asunto: Eso, eso, bien. Que lo caguen bien a palos por hijo de puta.
Lo dice con la mirada perdida en la escena, chorreando deleite, relumbrando satisfacción, alimentando una sonrisa a medias que parece plena del puro énfasis que reflejan los ojos. Le pregunto qué pasó. Y me dice: No sé (juro que la respuesta empezó por un no sé)... Un ladrón. Ahí están cagándolo a palos. ¿Violencia policial? No, ni siquiera. Varios súperman de a pie empuñando su mano propia. Una espectadora feliz entre otros posibles que los arengan en voz baja o a los gritos. Ánimo linchador, que le dicen.
Por si es necesario, aclaro que no me gustan los arrebatadores pero mucho menos los linchadores; que nadie ha visto a un arrebatador bajar de Marte; que creo profundamente en el garantismo; que me vería enredada en interminables polémicas si alguien me preguntara ¿a quiénes preferís llevar a una isla desierta, a una banda de arrebatadores o a una turba de potenciales linchadores?, y que no sé si optaría por los primeros pero sí sé que JAMÁS optaría por los segundos.
jueves, 30 de octubre de 2008
Perras negras

viernes, 24 de octubre de 2008
Se me ocurre
Los vaivenes, los sacudones, las bien llamadas situaciones-límite, los peligros, las visitas imprevistas al umbral de la muerte, todas esas circunstancias que se arrancan a lo más real de la existencia para construir con ellas la ficción: son las cosas que no se desean para los hijos, pero también,paradójicamente, son el material de las epifanías.El héroe de la tragedia deja una herida abierta porque no puede relatar su experiencia completa: la relatamos los que quedamos atrás. Quien sobrevive a la experiencia trágica, si pudo con ella, necesita relatarla. Pero para hacerla soportable termina relatándola como comedia... esa palabrita tan inmerecidamente desprestigiada.
viernes, 17 de octubre de 2008
Postales un poco maniqueas

domingo, 14 de septiembre de 2008
Bellezas de la ironía saeriana
de Juan José Saer, El río sin orillas:miércoles, 10 de septiembre de 2008
Se agradece

Ya lo dijo aquella tarotista, la torre no tiene por qué ser desgracia y en la montaña rusa somos todos iguales.
Por suerte además me quiero sin usted, porque, sepa caballero, yo también tengo la costumbre de andar besándome los pies y subiéndome a tarimas, podios, y también, de vez en cuando, a pedestales.
Pero cuánto más lindo es quererme con usted, como geisha en kimono, como reina de Java, como vieja en la cueva, como niña’e sus ojos.
Tante grazie por los buenos momentos, que son como oro en polvo, como pájaro en mano, como aguja en un pajar, como ojo de la cara.
Y ma fangulo por los malos ratos, que eso es lo que sobra –dicen las malas lenguas– si uno se desencajeta, se mete entre ceja y ceja, entre cales y arenas, entre espada y pared.
domingo, 7 de septiembre de 2008
Estupor
viernes, 22 de agosto de 2008
Otra traducción ¿libre? de Emily Dickinson

El poema de Emily tiene versos más largos y palabras más pesadas: un estilo de época, quizás, y que de todas formas adquiere mas pesadez si se lo pasa tal cual al español (obsérvese la seguidilla de palabras terminadas en ele que acabo de engendrar). En fin, con algunos cambios de ritmo y reducciones de extensión, lo que dice el poema, a mi modesto entender (obsérvese la seguidilla de comas), es lo siguiente:
1106
No sabemos cuándo;
la pérdida llega
y se instala, firme,
entre las certezas.
Carta, azar, amigo,
visos de firmeza,
solidez de espectro,
sustancia de arena.
Emily Dickinson
Tal cual, ¿no?
jueves, 17 de julio de 2008
El hombre resbaloso

A eso de las cuatro y veinte, el hombre resbaloso, el hombre-cobos, bifronte como Jano, tembló frente al micrófono. Su respiración se oyó en cientos de casas y en un par de plazas, amplificada por la avidez de una madrugada tortuosa.
No se animaba a decir la maldita palabra (y no la dijo: apenas la tradujo en un rodeo amedrentado) que muchos dicen lo instaló en la Historia. Y lo instaló en la Historia, sí, pero en la misma historia de siempre, sólo que con un poquito más de espectacularidad... prestada.
Sí, todo era prestado: la espectacularidad, el momento histórico, los 15 minutos de fama. Si el hombre hubiera tenido algo azul, su boda sáurica se habría imbuido también de buenos augurios. Porque algo nuevo tenía (reinstalaba lo viejo con una nueva estacada) y tenía mucho del usado, recalcitrantemente renovado, exultantemente viejo destino de estos parajes. (Ahora que lo pienso, seguramente el traje era azul. Claro, quién se iba a fijar en el traje. Si el hombre hubiera sido Cristina, alguien se habría fijado en la cartera.)
En otro lugar de la ciudad, unos gordos de atuendo caro y estudiadamente autóctono confundían himnos nacionales con mojigatos avemarías y defensa de la cuenta bancaria con heroísmo cívico. Los gordos se abrazaron como quien festeja el final de un campeonato reñido. Habían ganado por penales con la complacencia del arquero contrario. Habían ganado lo que nunca, por esas putas malsanidades de la historia, terminan de perder.
